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La habitación 412 había adquirido un silencio particular en las horas posteriores a la crisis de preeclampsia. No era el silencio estéril del hospital —ese nunca desaparecía realmente, con sus pitidos constantes y pasos apresurados en el pasillo— sino algo más denso, más cargado. Cassandra yacía en la cama con los ojos fijos en el techo, contando las manchas en las placas acústicas por enésima vez, cuando la puerta se

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