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La habitación 412 había desarrollado su propio ecosistema de desesperación. Cassandra lo sentía en cada respiración, en cada latido que el monitor registraba con su pitido incesante. Semana diecisiete. El bebé crecía —los ultrasonidos lo confirmaban con esa precisión clínica que convertía la vida en datos— pero algo dentro de ella se marchitaba con cada día que pasaba.

Eran las nueve de la ma&ntild

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