Cássio avanzaba entre la multitud frente al estadio con el celular pegado al oído, intentando escuchar la voz de Dorian en medio de los gritos y de los vendedores ambulantes.
—¿Dónde estás? —preguntó, esquivando a un grupo que cantaba animado el himno del equipo.
—Cerca de la entrada principal —respondió la voz firme de Dorian, como si estuviera en una reunión de negocios y no rodeado de hinchas.
Cássio alzó la vista, buscando, hasta que lo vio: inconfundible. Impecablemente arreglado, camisa social azul claro, pantalón de sastrería y esa expresión impasible de quien parecía más a punto de cerrar un contrato que de ver un partido de fútbol.
No pudo contener la risa.
—No lo puedo creer. Así no vas a entrar al estadio. Yo no me quedo a tu lado de esa manera.
Dorian arqueó una ceja y colgó el teléfono.
—¿Qué tiene de malo cómo estoy?
—¿Viniste a alentar o a comprar un jugador? —bromeó Cássio—. Vamos a la tiendita a comprarte ropa de gente normal.
Entraron a la tienda del estadio, con el