Francine estaba de pie, inmóvil, como si el tiempo hubiera detenido el aire a su alrededor.
Los votos de Dorian seguían resonando en su mente, cada palabra vibrando como cuerdas de violín perfectamente afinadas.
Parpadeó varias veces.
No para secar las lágrimas —que ya corrían libremente por su rostro— sino para intentar creer que ese hombre… ese hombre allí… acababa de decir todo aquello.
En público.
En París.
—Caramba, amor… —murmuró, medio riendo, medio llorando—. Así me vas a acabar antes i