El domingo amaneció perezoso, pero Dorian ya estaba despierto antes de las ocho.
El silencio de la mansión contrastaba con la energía que palpitaba dentro de él, y lo primero que hizo fue cruzar el corredor hacia la cocina, no porque tuviera hambre, sino porque sabía exactamente a quién encontraría allí.
Malu estaba de espaldas, moviendo una tetera, cuando oyó sus pasos. Antes de que pudiera girarse, la voz grave cortó el ambiente:
—Entonces… ¿ya pensaste en una mentira lo suficientemente buena para justificar lo de anteanoche?
La mano de ella estuvo a punto de dejar caer la cuchara dentro de la taza. Se giró despacio, con los ojos muy abiertos y una sonrisa nerviosa intentando disimularlo.
—Señor Dorian… yo… no sé de qué está hablando.
Él se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, analizando cada uno de sus movimientos. Su mirada pragmática no dejaba espacio para escapar.
—Malu, apareciste en la puerta de mi habitación con el celular en la mano y cara de pánico. No m