El domingo amaneció perezoso, pero Dorian ya estaba despierto antes de las ocho.
El silencio de la mansión contrastaba con la energía que palpitaba dentro de él, y lo primero que hizo fue cruzar el corredor hacia la cocina, no porque tuviera hambre, sino porque sabía exactamente a quién encontraría allí.
Malu estaba de espaldas, moviendo una tetera, cuando oyó sus pasos. Antes de que pudiera girarse, la voz grave cortó el ambiente:
—Entonces… ¿ya pensaste en una mentira lo suficientemente buena