El barco avanzaba sin prisa por el Sena, y cada metro recorrido bañaba la cubierta con los tonos dorados de las luces de la ciudad.
Entonces, mientras el barco pasaba bajo el arco imponente de la Pont Alexandre III —la más ornamentada, la más dorada, la más parisina de todas— el celebrante respiró hondo, sonrió a la pareja y anunció en un susurro reverente:
—Ahora… es su momento.
Dorian giró ligeramente el cuerpo hacia Francine.
El viento jugaba con su velo, y la luz dorada delineaba su rostro