El sol ya comenzaba a descender sobre París, tiñendo el cielo de dorado cuando el bullicio en el muelle empezó a tomar forma.
No era solo una ceremonia.
Era un acontecimiento.
Cada invitado, al acercarse, era recibido por un guardia impecablemente vestido que verificaba los nombres en una lista breve y exclusiva antes de conducirlos al barco.
Los más cercanos —alrededor de treinta personas— eran guiados hasta la cubierta frontal, el corazón de la celebración.
El espacio parecía flotar entre el