Entre un gol y otro, la tribuna volvía a un ritmo más calmado.
Los gritos se transformaban en murmullos, y fue en ese intervalo cuando Dorian finalmente se permitió hablar, sin rodeos.
—No voy a negarlo, Cássio… está siendo insoportable respetar su decisión. No sé dónde está Francine, no sé si está bien. Esta distancia me carcome.
Cássio, todavía con la lata de refresco en la mano y esa expresión relajada de quien se siente como en casa, arqueó una ceja.
—Mira nada más… el gran Dorian Villeneuv