Entre un gol y otro, la tribuna volvía a un ritmo más calmado.
Los gritos se transformaban en murmullos, y fue en ese intervalo cuando Dorian finalmente se permitió hablar, sin rodeos.
—No voy a negarlo, Cássio… está siendo insoportable respetar su decisión. No sé dónde está Francine, no sé si está bien. Esta distancia me carcome.
Cássio, todavía con la lata de refresco en la mano y esa expresión relajada de quien se siente como en casa, arqueó una ceja.
—Mira nada más… el gran Dorian Villeneuve, CEO de todo y un poco más, aprendiendo que no todo está bajo su control. Tal vez eso te haga bien.
Dorian le lanzó una mirada de costado, pero no respondió.
Solo respiró hondo, como quien se traga la provocación, y quizá incluso reconocía una pizca de verdad en esas palabras.
—Puede que no tenga el control —dijo Dorian, firme—, pero no voy a quedarme de brazos cruzados. Le envié dinero. No mucho, pero lo suficiente como para asegurarme de que no me olvide.
Cássio soltó una carcajada tan fuert