CAPITULO 2

Me he cambiado, ahora llevo un vestido rojo con escote de corazón y mangas caídas en mis hombros, su largor está un poco más arriba de mis rodillas. No hace mucho cuando salí de la tarima pude escuchar mi nombre en las voces de los hombres, lo más seguro es que pagarían una exorbitante cantidad de dinero por mí. En una parte tengo miedo, miedo de lo desconocido y de lo que conozco también, tengo miedo de que me rompan más de lo que ya lo han hecho.

Pero esta es mi única salida del infierno.

Muerdo mi labio inferior, tengo los nervios de punta, ese sentimiento desolador se intensifica y por un momento siento que me voy a desmallar. Suelto un suspiro pesado antes de ponerme de pie, pero apenas voy a dar un paso la puerta se abre y un hombre de piel morena clara y ojos verdes entra.

Su mirada es fría y calculadora puedo sentir esa aura mala en él, pero hay algo más, algo que me hace erizar la piel.

El hombre musculoso y alto se quita la máscara y me recorre con su mirada. Cierra la puerta tras de sí sin quitar un solo momento sus ojos en mí.

— Quindi sei Carine…—su acento es marcado, su voz es sensual. Jadeo cuando se para frente a mí y me toma de la cintura pegándome a su cuerpo.

Mi corazón late desbocado, sus ojos me escanean sin una gota de pudor voy a decir algo, pero su voz, esa melodiosa y ruda voz me deja sin habla.

—Bella, mia bella ragazza —murmura en italiano. Mis manos están sobre su pecho intentando hacer un poco de espacio. Una sonrisa que me hace temblar de miedo aparece en su cincelado rostro varonil.

—Me solté por favor —suplico, pero su sonrisa se ensancha más y niega.

—¿Fala inglés? —pregunta en un perfecto portugués, asiento.

—Si...

—Perfecto —dice antes de besar mi mejilla y alejarse de mi —es hora de irnos Carine —su mano toma mi brazo y ambos salimos de la recamara. Mi mejilla hormiguea, su perfume me tiene drogada, pero al parecer está más que apurado por salir de aquí. Caminamos por los enormes pasillos hasta llegar a la salida del lugar. Cuando salimos del enorme edificio el frío de la noche choca contra mi piel expuesta haciéndome tensar un poco.

Muerdo mi labio inferior, mis ojos miran a todos lados incluso a la salida de mi prisión.

—Ni siquiera lo pienses, tan solo bastaría que dieras un paso para que yo levante mi arma contra ti y te mate. Sería un desperdicio que eso pasara —me suelta. A los minutos un auto negro se para frente a nosotros y de él se baja otro hombre fornido y alto.

No lo miro demasiado, pero si puedo sentir su mirada en mi —fratello...

—Súbete al copiloto yo iré atrás con Carine —el hombre no dice nada y hace lo que le manda. El abre la puerta y me invita a pasar —¡súbete! —por inercia miro hacia atrás, a pesar de todo siento un poco de melancolía porque ya no veré más a las chicas. Escucho como alguien se aclara la voz y salgo de mi ensoñación. Suelto un suspiro antes de entrar. El espacio en el auto es inmenso todo es tan elegante y limpio, incluso el aire allí es diferente, huele a cereza mi fruta favorita y a un toque de cuero.

Después que sube él, la camioneta arranca, estoy ensimismada viendo los árboles cuando salimos de aquella carretera y enormes edificios coloridos aparece ante nosotros.

—Esto es las vegas, todo lo que vez me pertenece incluso tú… —me tenso, no soy capaz de mirar esos ojos fríos y verdes oscuros. Siento un nudo en el estómago —¡Carine mírame, odio que me den la espalda! —dice demandante. Temblorosa de miedo obedezco y aunque no lo quiera siento como mi cuerpo entra en un estado de estremecimiento.

—Si señor… —un gemido gutural sale de su garganta, él se acerca más a mí y acuna mi rostro con sus cálidas y grandes manos. Trago saliva y me concentro en sus ojos verdes oscuros.

—Sabes, tu voz es tan sexy que incluso con solo escucharla me correría en mis pantalones dolce, ¿acaso me tienes miedo? —murmura tan bajo, su aliento choca contra el mío, ese sentimiento acalorado recorre cada partícula de mi con solo escucharlo.

No sabía qué diablos me pasaba, no sabía por qué estaba empezando a sentir este tipo de sentimiento.

—Si… —murmuro. El niega y besa mi mejilla, cierro los ojos al sentir la calidez de sus labios en mi piel —mucho miedo —respondo con la piel de gallina.

—No temas mi reina, yo no te haría daño a tan solo que cometas alguna estupidez. Tú y yo gobernaremos el mundo entero, seremos invencibles bella —se aleja de mi dejándome con ese sosiego en el cuerpo —mi nombre es Massimo Barbieri capo de la mia famiglia y una muy buena parte de la Camorra, la cosa nostra es de mi hermano que está aquí presente pero no lo lidera —él susodicho se voltea para mirarme. Él sonríe con amabilidad y extiende su mano hacia a mí saludándome. Yo le voy a dar la mía para saludarlo, pero Massimo toma mi mano entre las suyas y besa mis nudillos —eso no pasara.

—Que celoso eres Massimo, no me quiero imaginar cuando te cases con ella —frunzo el ceño. Vuelvo a observar al hombre y este también lo hace por el espejo retrovisor.

Algo muy extraño veía en su mirada castaña.

—Casar, ¿cómo que casar? —las palabras salieron de mi un segundo después. Massimo sonríe con ese toque inocente y malicioso a la vez.

—Serás mi esposa, tu papel en mi mundo es muy importante por lo que te recomiendo que te comportes y te acostumbres a tu nueva vida y olvides lo que viviste antes de conocerme —me siento conmocionada. No digo nada solo me mantengo en silencio —nos casaremos dentro de dos meses, quiero que tengamos tiempo de conocernos antes de pasar al segundo nivel aparte de que necesitas aprender mi idioma y por supuesto defensa personal, pero de eso se encargara Marcello. Miro al tal Marcello que de vez en cuando mira hacia nosotros.

—Yo…

—Primera regla Carine Carvalho, nunca me digas no a nada sea bueno o malo tu deber es obedecerme y estar pendiente de mis necesidades —trago grueso, relamo mi labio inferior con nerviosismo, sabía a qué se refería estar al pendiente de sus necesidades, conocía del tema más nunca había conocido a un hombre a ese nivel, nada de lo que se, se compara con lo que es.

 —Segunda regla, no puedes engañarme ni poner tus ojos en otros hombres por que el único que puede y tiene derecho de poseer tu cuerpo incluso tus suspiro soy yo —me remuevo un poco en el asiento aun peor de lo que estaba —tercera regla, eres parte de la organización criminal más peligrosa del mundo, la lealtad es lo que te hace vivir, tu lealtad solo me pertenece a mi si en algún momento eso se rompe morirás seas mi esposa o no.

—Yo no quiero estar aquí —murmuro inconscientemente —quiero regresar con mi madre —niego— yo…

—¡CÁLLATE! —me tenso, me paralizo —es que acaso no has escuchado lo que te he dicho —una lagrima cae de mi ojo derecho, la quito con rapidez temerosa de lo que pueda pasar —escucha bien Carine porque no tengo la paciencia suficiente para repetirme. De ahora en adelante eres mi mujer, ¡olvídate de tu vida pasada por que ahora yo soy tu único presente y futuro!, estas comprendiendo… —no respondo. Siento como me obliga a mirarlo tomando a la fuerza mi barbilla —soy tu dueño —parpadeo varias veces incapaz de mantener la vista en la suya.

—Si señor… —respondo.

—Vale, vamos bien… ¡Arthuro llévanos a Tatu mino!

—¿Enserio lo harás? —pregunta Marcello con su ceño fruncido.

—Sí, así como todos ella también llevara la marca —miro a Massimo confundida.

—¿Que marca? —pregunto sin entender.

—Mi marca, la marca que nos representa —responde sin más. No comprendía nada, tampoco seguí preguntando. Le tengo miedo, miedo al hombre a mi lado miedo a todo lo que lo rodea. Madame no solo me vendió a un hombre rico si no a un mafioso cruel y despiadado, pero no tenía opción de escapar solo puedo acostumbrarme a la vida que a partir de ese momento tendría al lado de este hombre llamado Massimo Barbieri.

Pero en algún momento encontraría la fuerza suficiente para enfrentarlo.

Una hora después el auto se estaciona frente a un edificio rustico que tiene un cartel colorido y brillante. Ambos bajamos del auto, él toma de mi mano y me guía al local.

Apenas entramos a la tienda un hombre de muchos tatuajes nos atiende —jefe que bueno verlo por aquí —ambos hombres se dan la mano.

—¿Esta por ahí Zamar?

—No, hace rato que se marchó ¿Por qué? —pregunta el hombre calvo.

—Necesito que le hagas un tatuaje a mi prometida —la sorpresa en los ojos del hombre fue tan notable. El me mira de arriba abajo y vuelve a mirar a Massimo.

—Habla enserio, se va a…

—Sí, y prefiero que guardes el secreto hasta que lo anuncie —refuta.

—Bien no hay problema, ¿Qué tipo de tatuaje quiere que le haga? —pregunta nuevamente saliendo de su trance sorpresivo.

—Quiero que lleve el lema de la mia famiglia en su espalda, mi nombre bajo sus pechos y el lema de la camorra en su muñeca.

—Son muchos tatuajes tomará un tiempo y dolerá un poco —dice el hombre mirándome con curiosidad.

—No tengo problema en esperar, y el dolor es algo que ella tendrá que acostumbrarse, espero que mañana estés presente en la reunión familiar anunciare mi boda ante la mia famiglia.

—Con mucho gusto jefe será un placer —el hombre calvo desaparece dentro de un cuarto dejándonos solos en la sala.

Massimo se voltea hacia mí y enrolla su brazo alrededor de mi cintura. Mis manos se posan en su pecho, nuestras miradas se encuentran y mi corazón late con prisa.

—Mía bella, lo que pasará ahora dolerá un poco, pero te recompensare después —no respondo, él acerca su rostro al mío y acaricia mis labios con los suyos —hermosa criatura —gimo cuando su mano aprieta uno de mis glúteos. No sé por qué no podía enfrentarle, mi cuerpo no responde cuando esta tan cerca —no puedo resistir tanta tentación, eres un pecado que me encantara cometer —gimo al sentir sus dientes morder mi labio inferior. Abro la boca y el aprovecha a meter su lengua y enrollarse con la mía. Al principio me quedo estática y no correspondo, pero al sentir la intensidad de su cuerpo contra el mío sin poder evitarlo mis manos se van a su cuello acercándolo más a mí, sus labios devoran los míos trato todo lo posible llevar su ritmo, pero mi inexperiencia es tan obvia.

Cuando nos separamos para tomar un poco de aire mis mejillas se ruborizan apenas su oscura mirada se posa en la mía.

Muerdo mi labio inferior, con mi dedo pulgar limpio el labial en su rostro ese simple apto hace que cada partícula de mi cuerpo entre en calor. “Dios que me está pasando”, es tan hermosamente peligroso y apenas han pasado unas horas desde que lo conozco.

Él toma mi mano y la besa, antes de alejarse de mí y caminar hacia donde no hace mucho desapareció el calvo con tatuajes.

Después de un rato Massimo sale y me toma de la mano guiándome hacia el cuarto. Al entrar veo una silla inclinable como de esas que hay en los dentistas. EL calvo está limpiando algunas cosas de metal él no se voltea solo hace su trabajo mecánicamente. No entendía nada, y tenía miedo de lo que pasaría.

—¡Voltéate! —sin replicar obedezco. Él baja el cierre de mi vestido hasta mi cintura. No cargaba sostén así que mis pechos se fruncieron al sentir el frio chocar contra ellos. Por instinto los tapo con mi brazo y me doy vuelta, los ojos de Massimo están fijos en los globos de mis pechos que se esconden en mi brazo —déjame verlos —murmura muy bajo. Trago grueso, la última vez que un hombre me vio desnuda fue hace tiempo cuando me capturaron, y apenas el hombre se detuvo a verme, y luego aquel día en que me vendieron a Madame Sofía nunca nadie me volvió a ver desnuda a tan solo Madame que solía hacerle revisión a mi cuerpo para ver lo rápido que cambiaba con el ejercicio que nos sometía.

Poco a poco bajo mi brazo dejando a la vista de sus oscuros ojos mis pechos grandes y duros.

—Alguna vez te has puesto implantes —niego rítmicamente.

—No, nunca me he hecho una cirugía —murmuro neutra. El alza su mano y toca uno de mis globos y las aprieta con fuerza. Gimo un poco, muerdo mi labio para no soltar ningún sonido. Mis mejillas están calientes, mi cuerpo está ardiendo, y no comprendía por qué.

—Eso es bueno, son tan perfectos y naturales, es más que delicioso y placentero para mí — murmura jadeante —acuéstate allí —ordena, yo como la tonta que soy obedezco y hago lo que me pide. El hombre calvo no ha puesto ni un solo ojo en mí, se ha mantenido de espalda a nosotros, Massimo toma una toalla pequeña y tapa mis pechos.

—Puedes hacerlo ahora, el primero es mi nombre trata todo lo posible de no tocarla —murmura con su voz ronca y demandante. Deseo, ese puro deseo se refleja en su mirada, y aunque mi cerebro lo negara y aunque estuviera en estado de shock yo también lo deseaba.

¿Por qué?, no lo sé y no era para nada placentero sentir esto, quizás estaba sufriendo del síndrome de Estocolmo.

A veces no tenemos más opción que seguir y aceptar nuestro destino, me repito una y otra vez.

—Toma una respiración profunda y distrae tu mente en otra cosa que no seas en el quemar que sentirás —asiento, el hombre comienza a marcar mi piel, cierro mis ojos al sentir el dolor cosquilleante. Trato de mirar cualquier cosa, pero no hay nada interesante hasta que me sumerjo una vez más en el pasado.

—¡Ponte derecha pareces un jorobado caminan con la cabeza gacha! —grita una furiosa madame.

Me pongo resta mi cara esta estoica a emociones y sigo caminando de un extremo a otro con los altos tacones de 17 cm. No hace tres días cumplí 18 años las chicas prepararon algo para mí a escondidas de madame, fue un día muy hermoso, pero Sofía es un grano en el culo cada vez que se lo propone.

Le odio, pero a su vez me guio por ella, quería ser como ella incluso me propuse ser igual o incluso peor que ella.

—¡CARINE! —salgo de mi ensoñación y miro la mujer frente a mí —¡en que estabas pensando chiquilla ingrata! —pregunta achicando sus ojos.

—Estaba pensando en el cardio que tengo que hacer después que termine la clase ya que no los hice ayer —la mujer ladea su cabeza y asiente.

—Bien… —dice no muy convencida de mi respuesta.

—ya está… —parpadeo varias veces antes de mirar hacia abajo donde el nombre de Massimo en letras corridas está bajo mis pechos, comienza y termina en cada extremo de mis costillas.

—Se ve hermoso —dice un muy sonriente Massimo —ahora viene el de la muñeca, que sea como acordamos, una rosa con espinas y el lema de la camorra “entre la guerra y el amor solo está la muerte que nos acompaña” —la emoción en la voz del hombre que pronto me tendrá de todas las formas posible es palpable.

Cuando termina me doy vuelta para que el haga el siguiente tatuaje “el poder es muerte y la muerte es sangre, entras vivo y sales muerto”—esa parte de mi espalda es la que menos siente ya que desde aquel día en que Sofía rasgo mi piel con el látigo deje de sentir sensibilidad. El agua solo me daba un leve cosquilleo nada más.

Después de una hora en la misma posición el hombre calvo termina su trabajo y nos deja nuevamente solos a Massimo y a mí.

Este se sienta en la silla donde antes el tatuador y pasa sus dedos por mi espalda. Mis ojos están fijos en su rostro estoico.

—¿Quién te hizo esas cicatrices? —trago grueso.

—Sofía, pero fue hace mucho tiempo —respondo con tranquilidad. Me siento y con mi brazo sostengo la tela que esconde mis pechos.

—Te dolió mucho —niego.

—Hace tiempo perdí la sensibilidad, lo más seguro es que daño algún nervio de la piel al rasgarla con el látigo—el frunce el ceño y niega.

—No me refería a eso si no al enorme tatuaje tras de ti, pero saber que no tienes sensibilidad allí respondes mi pregunta —él se pone de pie y me ayuda hacer lo mismo. Él toma de una de las mesas un tarro de aceite y lo unta por cada marca de tinta incluso la de mi espalda.

Me ayuda a vestirme y cerrar el cierre del vestido y ambos salimos.

Apenas nos adentramos en el auto mis nervios se activan nuevamente —vamos a casa…

Casa, yo no tenía casa.

MARCELLO.

No podía dejar de ver a la mujer que iba en los asientos de atrás junto a mi hermano, es inevitable para mí no observarla, no admirar su belleza angelical, no caer bajo el hechizo de sus ojos azules, de sus labios de corazón, de admirar su belleza de cerca.

No pensé que esto sucedería, que mi hermano elegiría al ángel de la noche.

Hoy estaba dispuesto a dar toda mi fortuna por una mujer, pero mi propio hermano se había adelantado, me había arrebatado la oportunidad de tener bajo mi lecho a la chica más hermosa que hubiera conocido en mi miserable vida. no se ha que rumbo iré ahora solo sé que mientras haya una brecha yo estaré allí dispuesto a seguir abriéndola.

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