Mundo ficciónIniciar sesión2 AÑOS DESPUES.
Mis tacones resuenan en el pulcro y bien encerado piso de mármol, entro al enorme salón de los Buttons una de las familias más acaudaladas de las vegas. Voy del brazo de mi marido Massimo Barbieri, el hombre más poderoso, guapo, engreído, arrogante y sobre todas las cosas el jefe de la organización criminal más buscada y famosa del mundo.
Nadie sabe cómo luce, como es su voz, es tan sigiloso como una pantera, pasa desapercibido por los eventos políticos.
Todos los ojos de los invitados están puestos en nosotros, la pareja del año, la muñeca trofeo del capo de los capos y el hombre de hierro que porta la corona, el deseo de las mujeres y el respeto de los hombres. Muerdo mi labio inferior en un acto seductor.
Los anfitriones nos reciben con una enorme sonrisa dándonos la bienvenida a su casa y la excéntrica fiesta.
—Es un gusto volver a verte Massimo, por un momento pensamos que no vendrías —y en realidad no íbamos a venir, pero yo insistí en ello. ¿Qué por qué?, bueno aquí está mi enemiga principal, “Susan Buttons” la zorra que se ha creído que por haberse metido entre los pantalones de mi marido es competencia para mí. Esta más que equivocada si cree que soy tan tonta como para no darme cuenta de las infidelidades de Massimo.
Lo sé, soy una estúpida por estar celando al hombre cuyo poder genera terror, él es mi verdugo desde aquel momento en que puso sus ojos en mí.
—He tenido mucho trabajo Rodrigo, dale las gracias a mi preciosa esposa ella fue quien me saco de mi trabajo para poder compartir con vosotros —Marianela me sonríe falsamente.
—Qué bueno que hayas venido querida, me da mucho gusto de que lograras convencer a tu marido a venir.
—No es nada, mi amado esposo ha estado trabajando muy duro se merece un descanso ¿no es así cariño? —miro a Massimo, él me sonríe y me da un casto beso.
—Por supuesto cara mia, mi amor —dice falsamente. Es más que obvio que tendré que pagar más tarde pero no tenía ningún problema con ello.
Rodrigo ríe elegantemente —veo que tu mujer te tiene bien agarrado de la solapa —refuta de forma juguetona haciendo a mi esposo.
—Carine es mi esposa, ella manda y yo corro, ¿no es así Mi amor? —trago grueso y asiento obedientemente. —Bien… y donde esta tus hijos tengo tiempo que no veo a Alfred —pregunta haciendo caso omiso a su indirecta.
—Debe estar con su novia en este momento —responde Marianela con entusiasmo —esa chica es un amor, me temo que lo ha atrapado.
—Seguramente habrá boda, y tu hija Susan ¿dónde está? — pregunta mi marido, me tenso en el primer momento en que sus labios pronuncian ese asqueroso nombre. Mi esposo aprieta más mi cintura, esa es su forma de ordenarme que no haga ninguna estupidez.
—Ella esta…
—¡Aquí! —ambos volteamos para ver a la rubia de enormes pechos que aparecer entre la multitud. La determinación en su caminar, el vestido plateado que moldea su cuerpo a la perfección, ese labial rojo en sus labios de zorra, lo único que me provoca es lanzarme y arrancarle las extensiones onduladas que luce egocéntricamente.
Relamo mis labios, no digo nada solo me mantengo callada mirándola fijamente.
—¡Susan, que gusto volver a verte dulzura! —saluda Massimo con coquetería. Por supuesto, lo hace apropósito su ridícula manera de alterar mis nervios, él sabe cuánto me cabrea su actitud con ella y aun así lo hace.
No puedo olvidar el día en que los vi fornicando en el despacho del casino, o las veces en que chupo su polla y se lo follo frente a mí como castigo por haberlo desobedecido. O las tantas veces que salía de compras y los encontraba en casa follando en una de las habitaciones de invitados, ella sabía que los estaba espiando y aun así no se detuvo. Me contuve muchas veces, solo tomaba bocanada de aire y me marche como la buena esposa sumisa que soy.
Hay días en que me pregunto en qué momento llegue a ser así, alguien que se deja dominar y humillar de tal manera.
Alguien que no se da el valor que merece tener.
(PASADO)
DOS AÑOS ANTES.
Dicen que el miedo es contraproducente, un factor capaz de paralizar y de hacerte perder la cabeza. Y aquí estaba, dentro de un auto junto a dos hombres que no conozco y aparte mafioso.
Quien creería tal barbaridad, de una colegiala con una familia noble y buena a ser secuestrada, arrebatada de mi familia, encerrada en un burdel, uno que me corto las alas y me convirtió en la perfecta puta para complacer al hombre que sería mi dueño.
Un infierno que no quiero vivir, pero no tengo más alternativa que sobrevivir en este mundo cruel lleno de monstruos, unos monstruos dispuestos a arrebatarte hasta el último espíritu de esperanza y Fe.
Seco una lagrima que resbala por mi mejilla derecha y finjo que soy indestructible. La camioneta se estaciona frente a dos enormes portones, las imponentes paredes de casi cuatro metros tienen alambres eléctricos y varios hombres fornidos con armas en sus manos custodiando el lugar. El portón se abre y este desciende sin ningún problema. Trato a toda costa de no mirar al animal a mi lado y de no mostrar mi sorpresa al ver la enorme casa de tres plantas al fondo del camino.
—¿Tienes miedo Bella? —pregunta Massimo cuando la camioneta se estaciona. No respondo, no emito ni un solo ruido —por lo visto los ratones te han comido la lengua.
—Si tengo miedo… —digo minutos después. La puerta se abre y yo salgo con la ayuda de Marcello. Massimo lo fulmina con su mirada, pero el solo sonríe y me sonríe con amabilidad.
Este hombre me da un poco de confianza y al mismo tiempo miedo. Cuando llego al lado de Massimo este me toma de la cintura con posesividad, mira a su hermano con una sonrisa siniestra antes de besarme la boca.
Me quedo muy quieta, dejo que haga conmigo lo que quiera, cuando deja de torturar mis labios y mordisquearlos me miran con esas enormes esferas oscuras, un verde profundo que parece un bosque en medio de la noche. Verlo tan de cerca es malditamente bueno, adictivo, fascinante, y jodidamente loco.
Las puertas principales se abren y una mujer vestida de falda y camisa manga larga negra aparece. Ella nos mira con seriedad, sus arrugas son notable, puede que sea de unos cincuenta o casi pisando los sesenta, no lo sé… hay muchas formas para mantenerse joven.
—¡Así que tenemos visita! —murmura la mujer. Marcello suelta una carcajada y se acerca a ella.
—Más que una visita nana, es la que pronto será la señora de esta casa —ella coloca sus ojos como platos y me mira sorprendida. Massimo me suelta, yo me paro derecha y dejo que la mujer me barra con su mirada.
—Hermosa, ya veo por qué la elegiste Massim —alaga, este último sonríe con arrogancia y orgullo —bueno no se queden ahí y pasen les he guardado la cena se los servi…
—No es necesario nana Carine y yo nos iremos a dormir —Massimo toma mi mano y me jala para que camine y entre en la enorme casa. Todo es tan limpio, blanco y gris, incluso podría decir que parece la casa blanca, aunque hay uno que otro color oscuro en algunas paredes.
El piso es de mármol y granito, hay variaciones de jarrones, mesitas, cuadros enormes, una escalera ovalada, una sala de estar, otra sala del té muchas puertas y demás. Massimo no me deja ni siquiera hablar con la mujer solo me jala hacia las escaleras y me obliga a subir.
Marcello si se quedó en la parte baja hablando con la señora mientras nosotros terminamos de subir y descendemos por el pasillo lleno de habitaciones, cruzamos un segundo pasillo este no tiene puertas tan solo una al fondo, él la abre y me empuja para que pase. Todo está en penumbras, mi corazón late frenético a sabiendas de lo que pasara. El sonido de la puerta cerrarse me hace sobresaltar, y a los segundos siento dos brazos abrazarme por detrás.
Cierro mis ojos, no me muevo me mantengo muy quieta y pienso en una forma de salir de sus garras.
—Bella, Bella mía Bella no sabes lo ansioso que estoy de follarte —murmura en mi oído, su aliento tibio choca en la piel de mi mejilla haciendo erizarme por completo. Él se aleja y aplaude. Las luces se encienden dejándome ver la enorme recamara llena de espejos, una grande cama con dosel negro, dos enormes sofás rojos y para mi curiosidad una X en madera.
—¿Te gusta? —pregunta parándose frente a mí con esa sonrisa sínica.
—¿Para qué sirve? —pregunto confundida.
—Es una cruz para bondage, pronto sabrás más mi cielo —trago grueso al ver sus manos ir a mi espalda y bajar el cierre de mi vestido.
—¿Qué harás conmigo? —mi voz es apenas audible.
—En este momento te hare mía, y después empezaran tus clases como mi sumisa y dama de compañía —responde sin darle mucha importancia, su voz es gélida, su mirada es oscura llena de lujuria y un hambre insaciable.
—Soy virgen… —digo esto en una forma de querer salvarme de lo que viene.
—Lo sé, y eso hace más interesante todo esto —murmura sin dejar de observar mi cuerpo desnudo. Me cohíbo y trato de tapar mis partes con mis brazos.
—Yo, yo no sé cómo… —mi voz suena entre cortada.
—No será necesario que sepas, yo me encargare de enseñarte y moldearte a mi gusto principesca —no me deja ni que replique cuando ya su boca está devorando la mía, sus tibias manos masajeando mis glúteos, su lengua hurgando mi boca.
Mis brazos que estaban tapando mis pechos se aflojan y rodean por instinto en cuello de Massimo.
Me alza como si pesara menos que una pluma y nos lleva a ambos a la cama. Deja de besar mi boca para dar inicio a lamer mi cuello, morderlo y sumergir su mano dentro de mi braga.
No siento nada, estoy tensa, mi cerebro está más que bloqueado lo único que pasa por mi cabeza es el rostro de mi madre, los días que pasé dentro de aquel cuarto maloliente y frio, aquella vez en que ese hombre me vendió a Madame Sofía, la vez en que sentí a primera mano el dolor la desolación y la perdida de mi libertad.
Jadeo al sentir una cálida y húmeda boca chupando mi pecho derecho, mis ojos se cerraron sin pedírselo, mi cuerpo empezó a reaccionar a las insistentes caricias de que animal feroz.
—Vez lo fácil que es… tu cuerpo poco a poco empezara a reconocer a su dueño y amo —trago salima, mis dientes muerden mi labio inferior evitando gritar —eres mía Carine, desde este preciso momento eres oficialmente mía, ya no solo tendré mi nombre marcando tu piel, también seré lo único que pienses, lo único que desees tener.
—¡Massimo! —gimo sin pensar su nombre. Él arranca mis bragas y me quita los tacones, besa la parte interna de mis muslos, para después pasar la lengua por mi clítoris y chupar con fuerza. Me quedo embelesada mirándole, es una bestia, una enorme bestia hambrienta y deseosa.
—¡Oh Bella, eres tan deliciosa! —refuta sin dejar de torturar mi sexo, trago grueso, “esto que estoy sintiendo debe ser lo que las mujeres Angeles murmuraban” muchas veces las escuche hablar sobre el sexo, de lo que se siente, del calor que se acumula en tu vientre, de esa tención que con desespero quieres terminar.
Mis manos se hacen puño, mis ganas de tocar de hundir mis dedos en su cabello llega a mi cabeza, pero me atengo a solo apretar las sábanas negras, el mete su lengua en mi coño hurga en ella como todo un experto desatando cada nudo llegando a ese punto que me desarma por completo.
El deja de jugar con mi sexo, se pone de pie dejándome frustrada y ardiente allí abajo, empieza a desnudarse ante mis ojos, verlo sin camisa me hace temblar y no exactamente de miedo.
“No entiendo que me pasa”, no puedo dejar de mirarlo, ni de observar sus tatuajes, sus ojos verde bosque, la belleza de su musculatura y aquella cosa que… Maldita sea la hora en que me metí en semejante embrollo, y ahora que, será que corro o me quedo esperando a que el decida.
—Te gusta lo que vez —relamo mis labios, sí, me gustaba lo que veía, pero… no pensaba admitirlo, ¿por qué mi cerebro no reacciona como debería de reaccionar?
Resignación, hace tiempo me había resignado que esto llegaría a pasar.
—Yo… —él sonríe sínicamente, toma de mis piernas y las abre, me cohíbo con su escrudiño.
—Solo disfruta dolce, solo disfruta porque después de esta noche llegaran muchas más una más intensas que otras —se coloca de rodillas entre mis piernas —hoy seré suave pero mañana ni todos los días de nuestras vidas seré tan delicado como ahora —sus palabras despiertan en mi un placer mesclado con miedo y deseo, un deseo que nunca creí que conocería —no temas de mi Bella, no seré un monstruo si colaboras —toma mis caderas y las alza, su pene se posiciona en mi entrada —toma aire —eso hago pero apenas su glande empieza a expandir sin tapujos mi vagina un grito doloroso sale de mi garganta. El da dos empujes ni tan suaves ni tan fuertes pero lo suficientemente rústicos como para que mis ojos derramen lágrimas por la intromisión.
Mi cuerpo se arquea el aprovecha ese simple movimiento para tomarme y meterse por completo. Mis brazos están en sus hombros, mi cabeza escondida en su cuello, mis piernas están enrolladas alrededor de su cintura, ambos respiramos erráticamente, duramos quietos tan solo unos minutos antes de volverme acostar en la cama. Sus brazos reposan a cada lado de mi cabeza, su mirada esta fija en la mía, es tan fría, macabra y sexy. Su boca aprisiona mi labio inferior chupándolo mordisqueándolo mientras sus caderas hacen un movimiento en círculos. El dolor fue remplazado por un calor llameante que quema cada vez que se mueve dentro de mí, expandiéndose a cada paso que da, haciendo de sus embestidas una gloriosa sensación. Mis uñas se entierran en su espalda, un gruñido feroz sale de su boca, deja de torturar mi labio para morder mi pezón. El mete y saca su pene de mi vagina, aunque es lento al adentrarse de nuevo y chocar con el final de ella despierta esa llamarada y húmedo flujo.
Mis dedos no resisten más, se entierran en su oscuro cabello jalo de él, me arrastro al placer deseado. La fricción y el choque de pieles llenan el silencioso lugar, mis gritos, gemidos, jadeos su nombre saliendo una y otra vez de mi boca como si fuese lo único que tuviese mi mente.
—¡Ah sí, Dios Massimo, oh Dios Massimo! —refuto completamente loca, sus dedos tocan cada trozo de mi piel, su boca deja chupones en ella una marca, un recordatorio, la forma en que me penetra me envuelve de tal manera que lo único que quiero es que se mantenga allí por mucho tiempo.
Solo basto tres empujes más para sentir como ese nudo se desata de pronto y la humedad chorrea por aquel fiero monstruo que me acaba de desflorar y anhelar por más.
—Mía, mía para adorar, mía para follar, mía para romper, completamente mía para poseer —murmura corriéndose dentro de mí, liberando en mi cavidad —¡dilo Carine, dime que eres mía! —al no oír respuesta me da una fuerte nalgada, estoy extasiada y soñolienta —Carine…
—Soy tuya —digo antes de caer extasiada. Mi corazón late fuertemente sobre mi pecho, mi cuerpo se siente pesado, lánguido, incapaz de moverme un solo centímetro.
¿Cómo pude gritar eso, como le complací?, no comprendía que me pasaba y me daba mucho miedo.







