CAPITULO 4

La mujer se acerca a mi marido y le besa la comisura del labio, no digo nada mi mente solo planea como deshacerme de esta puta. Tengo que encontrar la forma, pero siendo ella de una familia rica he importante en el mundo de mi marido es muy difícil.

—Oh querida Carine ¿Cómo estás?, la última vez que nos vimos estabas muy distraída —se a lo que se refiere la última vez que nos vimos yo los vi follando y ese mismo día estuve pensando en un millón de formas de matarlos a ambos.

—Hola Susan estoy bien ¿y tú?, aquella vez estaba pensando en unas cosas del trabajo aparte de que Mi esposo no me ha dado tregua por la noche —una ronca risa eriza mi piel, Massimo me aprieta más a su fornido cuerpo y besa mi mejilla.

—Oh claro, ahora me hechas la culpa a mí, cielo mío, ¿qué cosas son esas? —Susan no dice nada solo nos mira a ambos con indiferencia, pero, aunque quiera esconder lo que siente, sé que se está muriendo de ganas de estar aquí entre los brazos de Mi esposo y siendo la legal esposa de él.

—No te echo la culpa, pero disfrutas mucho distrayéndome cariño —murmuro melosa, le sonrió seductora y decido invitarlo a bailar —¿por qué no vamos a la pista de baile?, y así disfrutamos de la velada.

—Me parece bien mía cara, con su permiso Susan voy a aprovechar el momento con mi esposa —dice antes de llevarme al medio del salón y rodear mi cuerpo con sus brazos.

La música es una balada suave, ambos nos movemos con lentitud y elegancia —así que mi querida esposa ha estado marcando territorio.

—¿Por qué?… tienes algún problema con eso —murmuro molesta, él sonríe con malicia.

—No, no tengo ningún problema, admito que me parece muy divertido —deja un cálido beso en mi cuello, suelto el aire retenido, de repente su contacto me hace ablandar de un momento a otro —no sabes las ganas que tengo de romperte este hermoso vestido y follarte duro esposa… —jadeo, la música acaba y él se separa de mi con una sonrisa arrogante.

—Massimo…—murmuro jadeante, el me mira con seriedad.

—¡No hagas ninguna estupidez Carine o te arrepentirás! —dice antes de tomar mi mano y caminar hacia Marcello que habla con uno de los socios que exportan la mercancía.

Las horas pasan con tranquilidad hasta que mi marido me deja sola para discutir asuntos con Rodrigo a su despacho.

—Cuñada, ¿qué tal te la estás pasando? —pregunta Marcello con entusiasmo. Me encojo de hombros, miro a todos y la gran mayoría de los hombres me miran con respeto y ese toque de lujuria en sus ojos.

—La verdad… es bastante aburrido odio estos eventos tan formales —murmuro sin mucho interés.

—Tienes razón ya somos dos —ambos tomamos un trago de vino blanco, lo único interesante y delicioso es la burbujeante bebida. Hablo con mi cuñado un buen rato hasta que me doy cuenta de algo. ¿Dónde demonios esta Susan?, la sangre vuelve a mi cerebro y los celos me dominan.

—¿Crees que Massimo dure tanto? —pregunto media hora después, Marcello me mira con una ceja arqueada y niega.

—Ya ha durado mucho de seguro…

—Voy a ir a buscarlo —digo cortando su excusa para cubrirlo. Él sabe que me es infiel, por Dios es su hermano y mano derecha ellos están juntos todo el tiempo y es 100% seguro que sabe que mi marido tiene amantes mientras yo lo espero como la buena esposa y ama de casa que debo ser para él.

No soy estúpida, tampoco me sorprende esa actitud de mi marido, pero se me es imposible no actuar impulsivamente cada vez que lo veo engañándome.

Su esposa trofeo, eso es lo que soy para Massimo Barbieri. Mi único deber es calentar su cama, no darle problemas y por supuesto tener en orden su casa. Soy tan solo la simple muñeca que moldeo a su gusto y que le da todo lo que el pide y como lo pide sin derecho a decirle que no.

Me encamino al jardín, pero no encuentro a nadie, vuelvo a entrar a la mansión y de camino a la sala escucho ruidos por uno de los pasillos. Camino por allí y no me sorprende lo que veo, pero aun así duele.

Él está allí con esa mujer con los pantalones a mitad y cogiéndose a Susan Buttons. Odio, lo odio con todo mi corazón, y es una pena que lo ame tanto como para dejarme pisar por él.

—¡Vaya como que aquí estas, y yo creyendo que te había pasado algo! —ambos voltean, me tenso al ver la sonrisa burlona de mi marido.

—¡Querida, has venido a unirte! —murmura jadeante sin dejar de moverse dentro de la puta asquerosa de Susan. La muy sínica me mira sonriente como si le valiera m****a o no que la viera fornicando con mi marido.

Las ganas de llorar llegan a mí, pero no lo hago soy fuerte siempre lo he sido —¡eres un maldito imbécil! —grito colérico. Massimo frunce el ceño, sale de ella y se acomoda el pantalón para acortar la distancia y pararse frente a mí.

—¡Vamos vuélvelo a decir! —me reta. Le hago frente alzando la quijada a pesar de que estoy aterrada pero no me dejare amedrentar, ya no era la chiquilla tonta que recogió del hoyo oscuro donde estaba viviendo.

—No entiendo, a veces no entiendo —lo miro dolida.

—Oh Carine querida a poco me negaras que disfrutas viéndonos follar —acaricia mi mejilla con la punta de su dedo. No respondo, solo miro a mi marido ambos luchamos con la mirada hasta que me vence, bajo los ojos soltando un suspiro cansado doy media vuelta y me encamino al salón.

No miro a nadie, ni siquiera me inmuto de la curiosidad de la gente —¿Carine que pasa, encontraste a Massimo? —pregunta Marcello. Le paso por un lado ignorando su pregunta. Al llega afuera de la mansión le doy la orden al chofer a que me lleve a casa.

—Vámonos Thiago.

—Señora, pero…

—No te lo estoy pidiendo si no exigiendo ¡Ahora! —él no dice nada más y sube al auto, entro y él arranca al momento saliendo así de la residencia.

Tengo más de mil heridas y aun así sigo de pie…

Aun no sé por qué no puedo dejar de amarle, es como si el collar que me puso en el cuello aquel día me asfixiara. No entendía porque mi corazón latía al compás del suyo, me hería a mí misma, por mucho que intentaba ignorarle, odiarle le quería con la misma intensidad.

MASSIMO.

—¡No entiendo, a veces no entiendo! —su voz sale dolida como si en cualquier momento se quebrara. Verla así toca una fibra en mi poco bonito, sus ojos están brillosos como si estuviera a punto de llorar, pero no lo hace, ella nunca llora, la última vez cuando lo hizo fue la primera vez que me vio con una de mis amantes ya allí supe que la chiquilla que compre para que hiciera el papel de mi esposa se había enamorado tontamente de mí. Saber que es mía de cuerpo, alma y corazón me da tanta satisfacción, pero eso no quita que no pueda jugar con alguien más.

Soy el jefe, soy libre de hacer lo que me venga en gana.

Ella se marcha al verse acorralada por mi mirada, sus ojos azules como el mar tormentoso se opacaron aún más como mayormente pasa cuando le hiere algo. Voy a ir tras ella, pero Susan se para frente a mí, sus ojos me escanean melosa.

—Ya que se fue tu puta personal, porque no seguimos, me has dejado a medias y no sabes lo incomodo que es eso —tomo su cuello he impacto su cuerpo contra la pared. “puta personal” rio mentalmente, Carine es más que mi puta personal.

—¡Sabes Susan, la mujer que le acabas de llamar puta es mi esposa, esta sobre todas las cosas incluso sobre ti, así que la próxima vez que vuelvas a llamar puta a mi mujer te hare tragar tus palabras! —expreso amenazadoramente. La chica me mira asustada, su cuerpo tiembla bajo mi tacto, sé que le excita mi rudeza, pero siempre teme a ella.

Le suelto, voy a encaminarme al salón para buscar a mi esposa —¿nos volveremos a ver? —pregunta la muy zorra, desde de todo aún sigue como un perro tras su dueño.

—¡No!, esta es la última vez —digo sin ni siquiera voltearme a verla.

Al llegar al salón me encuentro con Marcello, él está hablando con uno de los soldados le tomo del brazo y él se voltea para verme. Frunce el ceño, su mirada es seria y sabía por dónde iba ahora.

—¡La has vuelto a hacer no es así! —asiento sin mucha emoción, me encojo de hombros y alzo mis manos en gesto de paz —ella se ha ido a casa hace un rato.

—Creo que ya es hora de volver —ambos nos despedimos de los Buttons y nos largamos de allí. Paso mis manos por mi rostro completamente agobiado, no me gustaban los shows de Carine pero ese es el precio de una esposa.

—¡Cuando te darás cuenta que cada vez que la engañas la hieres más, acaso no es suficiente para ti maltratarla física y psicológicamente! —me reprende, no digo nada, me da igual su regañada no soy un niño pequeño y no necesito que nadie me diga cómo comportarme. Soy el capo de los capos, el señor del miedo, de que mi esposa llore por algo tan estúpido, aunque no haya llorado desde ese la última vez que lo hizo.

Es allí cuando pude ver en sus ojos el asqueroso amor que siente por mí.

Suelto un suspiro pesado. —No es para tanto, le regalo flores y ya está todo solucionado.

—¡Ella es la única mujer que te ha soportado, por Dios Massimo! Un día de estos la llevaras a la muerte, aún sigo sin comprender como te quiere… —voy a responder, pero decido no hacerlo, no tiene sentido seguir discutiendo lo mismo. Al rato el auto se detiene frente a la mansión. Salgo hecho un manojo de ira contenida, y esa maldita culpa. Sin esperar a mi hermano entro a la casa, me encuentro con nana bajando las escaleras.

—¿Dónde está? —pregunto sin ni siquiera saludarla. Ella me mira molesta y sube la mirada.

—En su estudio señor Barbieri —responde terminando de bajar las escaleras, cuando me llama así es porque está molesta. Voy a subir las escaleras, pero su voz me detiene —dudo mucho que te habrá la puerta si a mí no me quiso ni hablar no creo que lo haga contigo lo mejor es que te vayas a dormir Massimo y mañana hablan con más tranquilidad —ella se marcha haciendo repicar sus tacones en el piso. Termino de subir las escaleras y camino por los pasillos hasta llegar al estudio de Carine ese al que tengo prohibido entrar.

Cuando esto suele pasar las ganas de derrumbar este maldito estudio se apodera de mi, pero luego recuerdo aquel día en que casi muere entre mis brazos, en el que su corazón roto por mi culpa la consumía.

—Como recompensa por tu amor y lealtad a mí, no pienso entrar aquí, es tu espacio, el único espacio que pienso darte.

Esta habitación es el único lugar que no puedo pisar, está prohibido para mí, fue una promesa, un juramento que hice a su amor, es la única libertad que le daría. Todo lo que hay dentro es lo que la hace feliz, cuando entra en esta parte de la mansión es por necesita espacio, alejarse de lo que conlleva ser mi esposa, alejarse de la oscuridad que la envuelve mi aura.

Respiro profundo y toco tres veces —¡Carine soy yo Massimo, por favor cariño hablemos quieres! —ella no contesta, el sonido de una triste melodía llena el lugar y hace eco por los pasillos, ella está allí tocando cada vez que lo hace es la misma melodía melancólica es como si hablara a través del piano —¡CARINE! —grito, la música sube el tono y yo me vuelvo un energúmeno tocando su puerta, pero no abre. Me rindo, dejo caer mi frente en la puerta por un rato, intentando calmar mi ira y respetando su espacio. Termino decidiendo dejarla en paz por esta noche y marcharme a dormir.

No tenía opción, la única era la llave de repuesto, pero dudo mucho que nana me la de, tampoco puedo romper mi juramento.

CARINE.

Cuando llego a casa me encuentro a nana ella me sonríe, pero yo no lo hago —buenas noches cielo ¿qué te pasa? —No respondo, le paso por un lado y subo las escaleras —¿mi niña? —ella me sigue por todo el pasillo hasta que llego a mi estudio, abro la puerta y entro, ella no pasa, nadie lo hace porque este es mi zona solo mía donde nadie puede ensuciarla con sus pecados a pesar de que yo tengo mucho de ellos.

—Déjame sola nana, no quiero que nadie me moleste —murmuro quitándome los tacones. Ella no dice nada solo da un paso para tomar la puerta y cerrarla. Me quito el vestido quedando así en ropa interior. Cierro la puerta con seguro, tomo una botella de vodka de mi colección de botellas caras y me bebo un trago. Agarro un lienzo en blanco y saco uno de mis carboncillos de su estuche para empezar a trazar.

No llorare, por supuesto que no lo hare, pero reflejare mi dolor una vez más a través de mis dibujos.  Hay veces que me pregunto el por qué me quede, tuve muchas oportunidades de irme, pero nunca comprendí el por qué me quede a sabiendas de lo que sería, de lo que tendría que vivir al lado de Massimo Barbieri, y la respuesta siempre ha sido la misma.

Miedo, amor, resignación, todos llegamos a ese momento en que nos resignamos y no seguimos luchando. Massimo me ha convertido en lo que soy ahora, una mujer sin escrúpulos, pero con un corazón que ama y es leal a su dueño.

Al final no dibujo nada, tomo otro trago caliente de licor para después sentarme en el piano y tocar, tocar esa triste melodía. Que importaba ya, siempre seré la puta del capo, la que se arrodilla ante el sin importar nada, la que lo ama, la prisionera que le gusta estar encerrada en su jaula dorada.

Que más daba ahora que al corazón roto ya no le duela tanto las heridas que le hace él hombre que eligió amar.

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