Lo veo salir del baño con la toalla enrollada en su cintura, trago saliva al ver su escultural cuerpo tatuado y musculoso. No comprendo porque siempre hace lo mismo, después que se revuelca con las meretrices de su prostíbulo viene a mí como un mal nacido a poseer mi cuerpo.
Odiaba cuando hacía eso, pero a Massimo Barbieri no le importaba nada más que su placer y satisfacción al poseerme —ya me he bañado ahora ven aquí y…
—¡Vete a la mierda Massimo! —le grito antes de entrar al baño y cerrar la