CAPITULO 5

MASSIMO.

Me despierto un tanto asustado por el mal sueño, las pesadillas siempre están allí aprovechando cualquier momento para fastidiarme. Paso mis manos por mi rostro con pericia, miro a mi lado para ver a mi deliciosa esposa, pero no está, ella no esta no vino a dormir aquí, eso me enfada un poco, pero al recordar la noche anterior se me pasa, ella esta dolida por supuesto que no quiere estar a mi lado.

Tomo mi teléfono de la mesita de noche y llamo a la floristería favorita de mi mujer. Pido variaciones de rosas blancas y rojas, no me importa llenar la mansión con flores todo tiene un propósito y sé que funcionara, al fin y al cabo, es una mujer, Carine es una amante a lo delicado y hermoso y la única con derecho a reclamarme lo que sea.

Me doy una ducha, me visto con mi habitual traje negro, media hora después salgo a desayunar, estoy emocionado siempre lo estoy, lo que más me gusta de las mañanas es ver a mi esposa desayunar, la manera en cómo lo hace me pone cachondo y que no de ella me pone así, Carine mi bella rosa roja perfecta, ella es una diosa para mis ojos.

Mi creación.

Frunzo el ceño al ver en el comedor solo a Marcello —¿y Carine? —pregunto sentándome en el cabecero de la mesa.

—No lo sé, si no sabes tú que es tu esposa —murmura fastidiado, coloco los ojos en blanco por su fría actitud, ya sabía por dónde iba la cosa, él y mi esposa son como uña y mugre no me gustaba mucho que ambos fueran tan cercanos, pero ella no tiene amigos y Marcello ha sido como un hermano para ella. Lo bueno es que él me dice todo lo que mi preciosa esposa hace que se me sea más fácil saber cómo liderar con ella.

Nana entra con dos sirvientas y dejan el desayuno en la mesa, la mujer que me ha cuidado desde niño me mira desdeñosa y va darse vuelta para irse, pero la detengo —dime nana ¿porque mi mujer no ha bajado?

—Por qué no le ha venido en gana, no quiere ni siquiera hablarme y no me ha querido abrir la puerta cuando fui a llevarle el desayuno —responde antes de desaparecer por la puerta que dirige a la cocina.

Me quedo en silencio por unos cuantos segundos hasta que decido romperlo hablando de trabajo con Marcello.

Pasa una hora y ella no baja, la paciencia se me está acabando mis ganas de ir arriba y sacarla de su escondite me tiene a mil, pero no hago nada solo me voy, lo mejor que puedo hacer es irme y dejar que Carine decida por sí misma hablar o por lo menos aparecerse frente a mí.

Cuando llegamos al almacén me encuentro a mis hombres y la sexta carga de coca y armas, también hay veinte hombres desnudos y atados de pies y manos, sus cabezas están cubiertas con un saco negro y cada parte de sus extremidades tienen heridas superficiales.

Relamo mis labios, enciendo un cigarrillo y me acerco cauteloso hacia los mal nacidos de la bratva.

—Vaya, Vaya. Qué tenemos aquí —hablo tan despacio y calculado que veo como los hombres tiemblan al escuchar mi voz —así que estas son las ratas que han estado vendiendo su porquería en mi territorio —murmuro con una sonrisa siniestra. Doy la orden de que le quiten los sacos de sus cabezas para ver los rostros. Ellos abren sus ojos de miedo al verme.

Voto el humo por mi boca, tomo el b**e que me da Lauro y camino hacia el primero.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunto.

—Soy, soy Gian, Giank… —no lo dejo terminar cuando ya mi b**e ha impactado en su cabeza, es tan divertido hacer esto, el tipo cae al piso completamente noqueado, la sangre pinta el suelo, y mis ganas de seguir jugando llena todo mi cuerpo. Empiezo a patear a darle batazos una y otra vez a la escoria que ensucia mis pies soy un maldito maniático que ama la sangre y sobre todo amo follar a mi esposa, pero esta última esta tan enojada conmigo que no se dignó a acompañarme a desayunar.

Si, lo se soy un maldito, un maldito loco.

Voy a castigarla, claro que la castigare y la hare jadear, gritara mi nombre tan fuerte que los vecinos escucharan. Rio, eso será muy divertido —degolladlos a todos, Marcello acompáñame al club necesito una puta para quitar esta calentura que tengo.

—No sería mejor que vayas a casa y le digas a tu…

—Carine esta cabreada conmigo lo menos que querrá es que la toque —murmuro sin mucha emoción —Lauro, lleva el cargamento al salón de las esferas, las armas guárdalas en el almacén de la quinta —ordeno, me limpio las manos y me subo a mi auto.

Marcello no dice nada en todo el camino y eso es bueno ya que no estoy de humor para tener que lidiar con él. Marco al teléfono de casa y al segundo repique contesta nana.

—Hola mansión Barbieri…

—¿Nana ya llegaron las flores? —pregunto sin dejar de mirar la carretera.

—Si, pero ella no ha querido salir, incluso ha puesto música tan alta que hace eco por toda la casa.

—¡MALDICIÓN!, busca una manera de que salga —refuto enojado.

—Dudo mucho que lo haga, tiene la puerta con seguro y… —cuelgo no quiero oír más sus escusas. Desde que traje conmigo a Carine, ella se empecinado en cuidarla como si fuera su hija, la quiere tanto que a veces pongo en duda su lealtad a mí.

—¿No ha salido? —pregunta Marcello, me detengo en un semáforo, miro a mi hermano y niego.

—No, ni siquiera le ha abierto la puerta a nana —murmuro serio —¡No entiendo por qué se enoja, tan solo la invite a follar con Susan, como si nunca hubiéramos hecho un trio! —refuto sin entender su actitud infantil.

—Alguna vez le has preguntado si le gustan los tríos… —frunzo el ceño. Marcello había dado en el clavo, es que Massimo Barbieri no pregunta solo ordena, así soy yo.

—Bueno… —titubeo sin saber que decir —de igual manera, ella sabe cómo son las cosas para el jefe de la camorra.

—Si tu esposa no se ha matado durante estos dos años es porque ha decidido vivir por ti, no la incentives a matarse, ya lo intento una vez quien asegura que no lo haga de nuevo.

Su comentario me pone nervioso, no quiero recordar ese día, ni mucho menos la vez en que la conseguí drogada con las muñecas cortadas.

Llegamos al club, ambos subidos al área vip y nos sentamos en los sillones, tres mujeres sexys se sientan a mi lado, una juega con mi pantalón y lo desabrocha.

—Lo que estés pensando hacer hazlo bien bonita porque no estoy de humor para que fracases haciendo una felación —murmuro roncamente, esos ojos marrones me miran deseosa y dispuesta a jugar. Las otras dos tocan mi pecho una trata de besarme, pero ruedo mi cara para evitar sus labios, la única que tiene el derecho de besarme es mi esposa, por lo que no dejo que ninguna meretriz lo haga sea quien sea.

Mi hermano esta entretenido en su teléfono ignorando por completo lo que las putas están haciendo conmigo. Dejo caer mi cabeza hacia atrás, mis ojos se cierran por instinto al sentir esa cálida boca envolviendo mi polla. Me tenso cuando la castaña me da una mamada de esas que desequilibran a cualquier hombre, pero a diferencia de ella mi esposa lo hace mejor.

“Maldición Carine, estas siendo muy mala esposa al no darme mi dosis de ti al día”, ella es mi droga, la más adictiva que he podido tener y probar.

Su cabello largo y negro, su piel blanca, sus curvas de diosa, esa boca joder, de labios rellenos y ojos grandes, azules como el cielo. Me corro, con solo pensar en ella.

Me pongo de pie sin estar completamente satisfecho, miro a la mujer de rodillas a mí. La tomo del cabello y me inclino para mirarle de cerca —eres tan mala haciendo felaciones, mi esposa solo ha tenido a un hombre en su vida y ese soy yo, ella lo hacer mejor que tú, que pena, una mujer que lleva años probando pollas no sabe cómo complacer.

—Señor…—la chica jadea temerosa y a su misma vez ofendida.

—No te vuelvas aparecer frente a mí —murmuro soltándola con asco, ella sale espavorida como si hubiese viste al mismísimo lucifer. Putas infelices, Marcello me mira con una ceja arqueada —quédate si te da la gana iré a buscar a mi esposa.

—Claro, cuando no te complace bien las mujeres vas y correr a los brazos de Carine, qué sentido tiene que cojas a cuanta puta se te pare enfrente Massimo si de igual forma solo te gusta cómo te folla tu mujer —rio por su respuesta sin filtro, me encojo de hombros.

—No quiero que mi reina se canse, es por eso que follo a las mujeres que se me atraviesan.

—Que mala excusa Massimo, sabes… Carine es tan sumisa que es capaz de darte el desayuno, la merienda, el almuerzo y la cena, incluso los cinco postres al día, no seas un idiota hermano lo único que haces es romperle el corazón a tu mujer hasta el punto de que no quede nada de él.

Coloco los ojos en blanco, salgo de allí y me voy directo a casa. Estoy famélico, ansioso por tocarla, besarla y hacerla mía una y otra vez.

Al llegar a la mansión y entrar a la casa encuentro muchos ramos de rosas blancas y rojas. Nana está limpiando uno de los estantes y al verme me mata con su mirada.

—¡Vamos nana no me mires así! —murmuro ya cansado de su rencor.

—¡Que no me enoje, de verdad me estás diciendo eso Massimo, no lo puedo creer! —Me acerco a ella tomo su rostro y beso su frente —ella no quiso comer no lo ha hecho en todo el día dime como no quieres que este así, me preocupo por la salud de la niña.

—Ella no es una niña —me burlo.

—Lo es para mí, y lo seguirá siendo hasta el día de mi muerte —responde.

—Voy hablar con ella ya deja de preocuparte, no es la primera vez que se enoja conmigo —digo antes de dejarla, subo las escaleras, al llegar al pasillo desciendo hasta estar frente el estudio de mi mujer.

Voy a tocar la puerta cuando esta se abre, ella está allí, su mirada grisácea me mira con amargura, va a cerrar la puerta, pero lo evito, tomo su brazo y la saco de allí.

—¡SUELTAME! —grita furiosa, puedo oler el alcohol, “así que ha estado bebiendo”, sonrió mentalmente, no me detengo en actuar y la subo a mi hombro. La llevo a nuestra recamara, al entrar cierro la puerta con seguro, la bajo de mi hombro tomo su rostro y planto mis labios en los de ella.

—Necesito que me alimentes después puedes ignorarme todo lo que quieras —murmuro entre besos vigorosos. Sin dejar de besarla, que por cierto es la puta gloria, ella no se mueve solo se deja hacer por mí. Quito su ropa, beso su cuello, aprieto sus exquisitos pechos. Jadeo al sentir el calor de su piel, su cuerpo esta tenso no responde a mis toques insistentes, la cargo hasta la cama y la acuesto en ella, voy a besar de nuevo sus labios, pero ella quita su rostro.

Es allí cuando me doy cuenta de lo que realmente pasa, la forma en cómo me mira, sus orbes han oscurecido y su ceño fruncido me hace retroceder.

Trago grueso, suelto un suspiro frustrante —Carine…

—¡Hueles a puta! —refuta con odio y asco. Trato de tomar aire para no explotar, me recuerdo una y otra vez que es mi esposa y que a pesar de todo ella merece respeto, aunque sea muy mínimo el que le doy, lo merece.

—Y eso que… —respondo secamente, vuelvo a intentar besarla, pero no me deja si quiera rosar mis labios contra los suyos. La miro y sigo con mis caricias en su cuerpo, pero se me es imposible ignorar su falta de acción. Quiero follar a mi esposa no con un muerto y Carine no es del tipo de mujer que solo se dejan hacer lo que quieran, ella tiene algo que nunca he encontrado en otras mujeres, pasión, pasión pura y verdadera, un espíritu inquebrantable —bien, me voy a dar un baño —termino accediendo. Me incorporo para irme directo al cuarto de baño abriendo la ducha y bañándome desesperado, cuando termino la encuentro sentada en la cama con los brazos cruzados.

Conocía bien a mi esposa por lo que me preparo para el sermón de siempre, aunque sea una puta pérdida de tiempo igual pienso escucharla sin decir nada más que excusas baratas.

Edimar Herrera

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