La ciudad tenía otro ritmo. Lo supo apenas bajó del autobús, con la mochila al hombro y la rabia aún vibrando en el pecho. El humo, los claxonazos, la gente caminando a toda prisa, los edificios grises... todo le pareció ajeno. Simón no era de ese mundo. No era hombre de corbatas, ni de oficinas con café recalentado y burocracia absurda. Pero ese día, se prometió no irse sin respuestas. Sin una salida para proteger a Selene.
El recuerdo de la amenaza pintada en la puerta del establo aún lo pers