Alba
El amanecer se infiltra lentamente, casi tímido, por las rendijas de las cortinas. La luz aún no es clara; flota en la habitación como una bruma dorada, un velo tibio que acaricia las paredes.
Antes de abrir los ojos, siento la presencia de Sandro: su calor difuso, su respiración profunda y regular, el latido sólido de su corazón muy cerca de mi espalda. Su mano reposa en mi cintura, pesada de sueño pero firme, como un ancla silenciosa. No me ha dejado, ni un instante.
Permanezco inmóvil, el tiempo de una respiración, saboreando la densidad de este instante. El perfume mezclado de nuestras pieles aún flota, mezcla de sal, de madera caliente y un toque de tabaco. Tiene algo salvaje y familiar que me atraviesa de parte a parte, recordándome que la noche ha dejado más que una huella: ha grabado una memoria ardiente en mi piel.
Me estiro apenas, un movimiento ínfimo que despierta la superficie de mis músculos. La sábana resbala a lo largo de mis piernas como una ola lenta. Cada roce