Alba
El amanecer se infiltra lentamente, casi tímido, por las rendijas de las cortinas. La luz aún no es clara; flota en la habitación como una bruma dorada, un velo tibio que acaricia las paredes.
Antes de abrir los ojos, siento la presencia de Sandro: su calor difuso, su respiración profunda y regular, el latido sólido de su corazón muy cerca de mi espalda. Su mano reposa en mi cintura, pesada de sueño pero firme, como un ancla silenciosa. No me ha dejado, ni un instante.
Permanezco inmóvil,