Alba
La sala parece de repente más estrecha, como si el peso de los secretos y las ambiciones comprimiera el aire mismo. Siento la mirada de Marco Bellanti sobre mí, pesada, evaluando cada gesto, cada matiz de mi expresión. Pero lo que atrae mi atención no es él. Es Sandro. Se endereza lentamente, sus anchas hombros y su imponente postura dominando el espacio sin una palabra. Cada movimiento que hace parece calculado para imponer orden, disciplina… y un respeto temeroso.
— Basta, dice finalment