Alba
A la mañana siguiente, con el sol apenas levantado, los rayos atraviesan las persianas, dibujando luces temblorosas sobre el brillante parquet. Mi café humea en mi mano, pero realmente no tengo tiempo para saborear el sabor amargo. Hoy, ya no solo observo: hoy, debo actuar.
Sandro ya me espera en su coche, silencioso, con sus oscuros ojos fijos en mí a través del espejo retrovisor. Me roza el hombro al subir a su lado, un gesto furtivo, pero cargado de ese deseo y esa promesa que no puedo