Alba
No se mueve.
O más bien, se mueve apenas, con esa lentitud calculada que dilata el tiempo y transforma cada segundo en pura tensión. Siento su aliento rozar mi sien, caliente y regular, como un pulso que se mezcla con el mío.
El pequeño tarro de helado, todavía en su mano, deja deslizar sobre sus dedos un hilo de condensación. Lo veo perlar, rodar, dudar en el borde, y luego caer sobre mi piel. Una mordida instantánea, fina como una aguja, me atraviesa, pero es un escalofrío que se expande