Mundo ficciónIniciar sesión"Ecos en la Piel" Elena es una experta restauradora de arte que vive bajo una premisa: lo que se rompe puede arreglarse, siempre que no se involucre el corazón. Su mundo es un refugio de silencios y precisión técnica, hasta que Julián, un fotógrafo de guerra acostumbrado al caos y a la crudeza de la realidad, irrumpe en su taller buscando rescatar unas imágenes dañadas. Lo que comienza como una colaboración profesional se transforma rápidamente en una colisión de mundos opuestos. La tensión entre la contención de Elena y la intensidad salvaje de Julián desencadena una pasión que despoja a ambos de sus defensas. A lo largo de 50 capítulos, la novela recorre un mapa de encuentros clandestinos y confesiones a flor de piel, donde el sexo no es solo placer, sino el lenguaje con el que intentan sanar sus cicatrices más profundas. Sin embargo, cuando los secretos del pasado de Julián amenazan la estabilidad que Elena tanto protege, ambos deberán decidir si su conexión es solo una llamarada fugaz o un amor capaz de restaurar sus almas. "Ecos en la Piel" es un viaje sensorial sobre el poder del tacto, la redención y la entrega total sin condiciones.
Leer másHay una fase en la restauración de una pintura mural que es aterradora: el strappo. Consiste en aplicar una lona con adhesivo sobre la superficie del fresco para arrancar literalmente la capa pictórica de la pared. Es violento, es definitivo y, si fallas, la imagen se convierte en polvo. Mientras conducimos a través de los pasos alpinos hacia la frontera con Suiza, siento que estoy realizando un strappo sobre mi propia existencia. He arrancado la piel de la doctora Victoriano para revelar la estructura de una mujer que ya no teme a la oscuridad.Alexander —o el hombre que habita su cuerpo— está sentado a mi lado. El efecto de los fármacos que le inyecté en Villa Smeralda está empezando a estabilizarse, pero el hombre que emerge de la bruma química no es el jardinero de mis delirios. Es una versión afilada, mecánica, un boceto de sombras que me mira como si fuera un problema matemático que aún no ha resuelto.—¿Por qué me sacaste? —preguntó, su voz rasgando el silencio del habitáculo c
En la teoría del color, el negro absoluto no existe. Lo que llamamos negro es, en realidad, una saturación extrema de pigmentos enfrentados que han decidido anular la luz. Para lograrlo en un lienzo, debes mezclar azul ultramar, tierra de Siena tostada y carmín de alizarina hasta que el ojo ya no pueda distinguir la profundidad. Así me siento yo mientras el tren regional avanza hacia Milán: soy una mezcla de luto, rabia y una precisión técnica que me ha convertido en algo que Sophie no pudo prever.Soy un color que absorbe la luz.He pasado las últimas seis horas en el baño del tren, transformándome. He usado el tinte de cabello que compré en una farmacia de la estación de Génova para oscurecer mi corte militar hasta convertirlo en una sombra que se funde con la nuca. He aplicado maquillaje corrector sobre la cicatriz de mi frente, no para ocultarla, sino para nivelar la textura de la piel antes de aplicar una prótesis de látex improvisada que aprendí a fabricar en mis clases de efect
El hospital tiene un sonido muy particular a las cuatro de la mañana: es el sonido del control. Es el murmullo de los respiradores, el roce de las suelas de goma sobre el linóleo y ese "clic" metálico de los carros de medicación que marca quién debe dormir y quién debe despertar. Pero para mí, ese sonido se ha convertido en el metrónomo de mi fuga. He pasado las últimas cuarenta y ocho horas fingiendo una docilidad ejemplar. He tragado mis pastillas —o al menos he hecho que las tragaba antes de esconderlas bajo la lengua con la destreza de un prestidigitador— y he asentido a cada una de las condescendientes explicaciones del doctor sobre mi "recuperación cognitiva".—La disociación está remitiendo, Ana Luisa —me dijo ayer, anotando en su tableta digital—. Estás volviendo al mundo real.Yo le sonreí con la vaciedad de un lienzo sin imprimación. El mundo real, según él, era esta habitación blanca y el olvido de Alexander. El mundo real, según yo, era el frío del objetivo fotográfico que
El silencio de un hospital no es el silencio de una biblioteca o de un templo. Es un silencio mecánico, compuesto por el zumbido de los transformadores y el goteo rítmico de soluciones salinas que intentan convencer a tus venas de que todavía vale la pena transportar oxígeno. Me desperté en la penumbra de la habitación 402-B sintiendo que mi cabeza era un fresco de yeso húmedo que alguien había golpeado con un martillo. Los bordes de mi visión estaban quemados, como un negativo fotográfico expuesto demasiado tiempo al ácido.—¿Sigue ahí? —pregunté a la oscuridad, sin saber a quién me dirigía.Nadie respondió. El vacío que dejó el Capítulo 26 no era una metáfora; era una amputación. Durante meses, en el teatro de mi mente, Alexander había sido el soporte, el bastidor sobre el cual yo había tensado mi cordura. Ahora que el diagnóstico del neurocirujano había actuado como un solvente corrosivo, solo quedaba la madera podrida y el olor a hospital.Me incorporé con un gemido. Cada movimien
Último capítulo