La huida de la ciudad no tuvo nada de cinematográfico. No hubo persecuciones a alta velocidad ni helicópteros sobrevolando el asfalto. Fue una operación silenciosa, tensa y desesperadamente lenta. Julián, a pesar del dolor en sus costillas, conducía un sedán gris alquilado con documentos falsos, moviéndose metódicamente por las carreteras secundarias, evitando las autopistas principales donde las cámaras de vigilancia y los peajes podían rastrear su matrícula.
Elena estaba sentada en el asiento