La huida de la ciudad no tuvo nada de cinematográfico. No hubo persecuciones a alta velocidad ni helicópteros sobrevolando el asfalto. Fue una operación silenciosa, tensa y desesperadamente lenta. Julián, a pesar del dolor en sus costillas, conducía un sedán gris alquilado con documentos falsos, moviéndose metódicamente por las carreteras secundarias, evitando las autopistas principales donde las cámaras de vigilancia y los peajes podían rastrear su matrícula.Elena estaba sentada en el asiento del copiloto, su cuerpo rígido como una escultura de mármol. Había dejado atrás su taller, sus herramientas, su pasado y la seguridad de su anonimato. Todo lo que poseía ahora cabía en una pequeña bolsa de deporte que Julián había insistido en preparar con lo esencial: mudas de ropa, un botiquín básico y el USB real, el archivo Daraa, cosido en el forro de su propio abrigo.El silencio en el coche era asfixiante, roto solo por el sonido monótono de los neumáticos contra el pavimento y la respir
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