El silencio en este apartamento de Le Marais es distinto al de mi taller. En casa, el silencio es un lienzo; aquí, es una mortaja. Me levanté antes de que la luz gris de París terminara de lamer las molduras del techo. Julián seguía dormido, o al menos eso parecía, con el cuerpo tenso incluso en la inconsciencia, una mano cerrada bajo la almohada donde guardaba el hierro frío que nos separaba de la muerte. Lo miré un segundo, permitiéndome el lujo de la debilidad: sus pestañas oscuras contra la piel castigada, el rastro de mis propios dedos en su espalda. Si esto fuera un cuadro, lo titularía “La tregua del guerrero”. Pero no lo es. Es mi vida, y está ardiendo.Me senté frente a la computadora, en una pequeña mesa de madera que cojeaba. Saqué el USB del forro de mi abrigo. Mis dedos, acostumbrados a la delicadeza de los pinceles de pelo de marta, temblaban ligeramente mientras introducía el metal en el puerto.—Vamos, Elena... busca la capa base —me susurré a mí misma.En la restaurac
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