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Capítulo 1: El Barniz de la Distancia
La luz del atardecer se filtraba por los ventanales del taller de restauración, proyectando sombras alargadas sobre el lienzo de un óleo del siglo XVIII que Elena limpiaba con devoción casi religiosa. Para ella, el mundo se reducía a eso: capas de barniz viejo, pigmentos que recuperaban su brillo y el silencio sepulcral de una galería cerrada al público. Elena creía que podía controlar la belleza, siempre y cuando estuviera bajo un microscopio. Entonces, la puerta de roble crujió. Julián entró sin pedir permiso. Traía consigo el olor de la lluvia reciente y una energía que desentonaba con la quietud del lugar. Sus ojos, acostumbrados a mirar a través de un lente en rincones peligrosos del mundo, se clavaron en ella antes que en la obra de arte. —Me dijeron que aquí devolvían la vida a las cosas muertas —dijo Julián. Su voz era profunda, con un rastro de aspereza que hizo que Elena apretara el bastoncillo con fuerza. —Aquí preservamos la historia, no resucitamos a nadie —respondió ella sin levantar la vista, aunque su pulso había traicionado su calma. Julián se acercó. Demasiado. Elena pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una presencia física que parecía ocupar todo el espacio del taller. Él se inclinó sobre el caballete, sus dedos rozaron accidentalmente la mano de Elena. Fue un contacto breve, apenas un roce de piel contra piel, pero para ella se sintió como una descarga eléctrica que recorrió su columna vertebral. —A veces, para que algo brille de nuevo, hay que quitarle muchas capas de suciedad —comentó él, mirándola a los ojos. Elena notó que los ojos de Julián no eran simplemente oscuros; tenían destellos de un cansancio antiguo y una curiosidad feroz. El deseo no nació de una palabra, sino de esa atmósfera cargada. Elena, siempre tan contenida, sintió una punzada de algo que no lograba catalogar en sus libros de arte. Era una atracción cruda, casi violenta, que la empujaba a querer saber qué se escondía detrás de la chaqueta de cuero gastada de aquel hombre. —¿Qué es lo que busca, señor...? —Julián. Solo Julián. Busco una razón para quedarme en esta ciudad más de una semana. Él sonrió, una sonrisa ladeada que prometía peligro y placer a partes iguales. Elena supo en ese instante que su estructura perfecta de vida estaba a punto de desmoronarse. No era amor, todavía no. Era el hambre de dos extraños que, en la penumbra de un taller lleno de santos y mitos antiguos, habían decidido que su propia carne era el siguiente territorio a explorar. —Mañana a la misma hora —dijo él, retrocediendo hacia la puerta sin dejar de mirarla—. Traeré mis fotos. Necesito que alguien con manos delicadas me ayude a restaurar mi propia visión. Cuando la puerta se cerró, Elena se dejó caer en su taburete. Sus manos temblaban. Se llevó los dedos a donde él la había tocado. El aire en el taller se sentía pesado, eléctrico. La restauración de la obra podía esperar; ahora, era su propio deseo el que exigía ser expuesto a la luz.






