El hospital tiene un sonido muy particular a las cuatro de la mañana: es el sonido del control. Es el murmullo de los respiradores, el roce de las suelas de goma sobre el linóleo y ese "clic" metálico de los carros de medicación que marca quién debe dormir y quién debe despertar. Pero para mí, ese sonido se ha convertido en el metrónomo de mi fuga. He pasado las últimas cuarenta y ocho horas fingiendo una docilidad ejemplar. He tragado mis pastillas —o al menos he hecho que las tragaba antes de