París siempre me había parecido, desde la distancia de mis libros de arte, una ciudad detenida en el tiempo, una pieza de museo perfectamente conservada. Pero al aterrizar en aquel helipuerto privado a las afueras, bajo un cielo que amenazaba con romperse en mil pedazos de cristal gris, la ciudad no se sentía como arte. Se sentía como una amenaza elegante.
Julián me apretaba la mano con una fuerza que ya no era pasión, sino pura necesidad de anclaje. Sus dedos, marcados por la pólvora y el frío