El tren hacia el sur se sentía como una cápsula de tiempo, un corredor de metal que nos alejaba del asedio de París mientras el paisaje cambiaba de un gris industrial a un azul profundo y herido. Julián dormía con la cabeza apoyada en el cristal, su perfil recortado contra los viñedos que pasaban como trazos de pincel desvaídos. Yo no podía cerrar los ojos. Mi mente seguía atrapada en los metadatos, en las mentiras de Sophie y en la textura del miedo. En mi regazo, la libreta donde escribo esta