El amanecer se coló por las rendijas del granero, pintando el heno con rayas doradas. La estufa de leña se había consumido, dejando solo brasas, y el frío de la madrugada obligó a Abigaíl a envolverse más en su chal. Había dormido a ratos, acurrucada en el heno limpio, pero la presencia de Joe, quieto y vigilante a unos metros de distancia, hacía que su mente se negara a desconectarse por completo.
El beso. La confesión. El temblor. Todo flotaba entre ellos como una densa neblina. Joe mantenía su postura inmutable, mirando a Diosa y su potrillo con una devoción profesional que desmentía la urgencia de su encuentro nocturno.
Cuando el sol estuvo completamente fuera, el Dr. Marcus llegó, trayendo consigo el aroma a café y orden. La revisión matutina fue exhaustiva. Diosa había superado la fase crítica. El potrillo, flaco y recién nacido, se había amamantado con fuerza y el vínculo con su madre era sólido. La yegua, aunque todavía débil, caminaba a paso firme y con un instinto protector