El grito de “¡No!”, que se había ahogado en la garganta de Perla al ver el cheque, rebotó en su alma con una violencia física. La negación la quemaba por dentro. Ese pedazo de papel, prueba innegable de que Joe la había despojado de su última arma, era más humillante que cualquier rechazo público. El dinero era irrelevante; lo que importaba era el control sobre Iron River y, por extensión, sobre Joe Briston.
Sin mediar palabra, Perla se dio media vuelta y salió disparada de la casa de su madre.