El grito de “¡No!”, que se había ahogado en la garganta de Perla al ver el cheque, rebotó en su alma con una violencia física. La negación la quemaba por dentro. Ese pedazo de papel, prueba innegable de que Joe la había despojado de su última arma, era más humillante que cualquier rechazo público. El dinero era irrelevante; lo que importaba era el control sobre Iron River y, por extensión, sobre Joe Briston.
Sin mediar palabra, Perla se dio media vuelta y salió disparada de la casa de su madre. Ignorando los llamados desesperados de Peter, se subió a su camioneta negra. La crisis la había superado. En un instante, su furia controlada se liberó, transformándola en un torbellino de celos y desesperación. Pisó el acelerador, las ruedas levantando gravilla mientras salía a toda velocidad. Su mente tenía un único destino: Iron River. Necesitaba ver a Joe, necesitaba que él viera su dolor, necesitaba desatar su ira sobre él, la única persona capaz de hacerla sentir tan poderosa y tan patéti