El aire en el "Cactus Cautivo" se había congelado de repente. La pregunta de Perla, cargada de una insidiosa burla, no era una simple curiosidad; era una declaración de guerra territorial. La sonrisa de Sofía se había desvanecido, reemplazada por una incomodidad palpable.
Abigaíl sintió el escozor de la acusación, pero en lugar de inflamarse, la energía de la mañana y el sueño reparador le dieron una capa de acero. No había luchado contra la muerte en el granero para permitir que una mujer resentida la desarmara con una frase venenosa.
Aby giró el cuerpo completamente hacia Perla, sus ojos marrones firmes y sin parpadear. Perla, vestida con una elegancia casual que gritaba riqueza, le devolvió la mirada con un desafío apenas disimulado.
—Al animal —respondió Abigaíl con una voz tan baja y tranquila que la hizo sonar más definitiva que un grito. Su tono implicaba que, a diferencia de Perla, ella no mezclaba los negocios con asuntos personales, ni permitía que los chismes del pueblo def