El aire vibraba con la promesa de la libertad. Abigaíl se sintió liberada, no por la altitud, sino por la ligereza del alma. Había subido su vida entera en cuatro maletas y las había facturado en un vuelo a la mañana del viernes. Dejaba atrás el mármol frío de Nueva York y el apellido Briston que se negaba a soltarla. Era la primera vez que gestiona la complejidad de un viaje sola, y esa independencia recién descubierta la hacía inmensamente feliz. Había reservado el vuelo, gestionado la recogida del coche de alquiler en el destino y coordinado la llave de su nueva cabaña. Cada paso logístico era una victoria personal contra los años de dependencia.
Su destino era La Salle, la ciudad con aeropuerto más cercana a Bigfork, el pequeño pueblo de montaña donde la esperaban para sus prácticas veterinarias. El plan era simple: aterrizar, recoger su equipaje, tomar el coche precontratado y conducir una hora hasta la cabaña rentada. Un plan que dependía, cruelmente, de la puntualidad y la logí