El aire vibraba con la promesa de la libertad. Abigaíl se sintió liberada, no por la altitud, sino por la ligereza del alma. Había subido su vida entera en cuatro maletas y las había facturado en un vuelo a la mañana del viernes. Dejaba atrás el mármol frío de Nueva York y el apellido Briston que se negaba a soltarla. Era la primera vez que gestiona la complejidad de un viaje sola, y esa independencia recién descubierta la hacía inmensamente feliz. Había reservado el vuelo, gestionado la recogi