Joe dudó un segundo, una fracción de tiempo que pareció eterna. Había pasado meses construyendo una barrera de acero a su alrededor, una promesa de distancia. Pero la simple lectura del mensaje de Estela, la imagen de ella sola y vulnerable, y el depredador, cerca, desmanteló toda su defensa. Al ver el clima, el viento furioso golpeando los cristales de su cabaña, la duda se disolvió en una única y poderosa emoción: protección.
—¡Maldita sea! —masculló, sus manos agarrando el volante con la fue