Joe dudó un segundo, una fracción de tiempo que pareció eterna. Había pasado meses construyendo una barrera de acero a su alrededor, una promesa de distancia. Pero la simple lectura del mensaje de Estela, la imagen de ella sola y vulnerable, y el depredador, cerca, desmanteló toda su defensa. Al ver el clima, el viento furioso golpeando los cristales de su cabaña, la duda se disolvió en una única y poderosa emoción: protección.
—¡Maldita sea! —masculló, sus manos agarrando el volante con la fuerza de un ancla.
Joe se puso su gruesa chaqueta de cuero y sus botas de montaña, olvidándose de los planos corporativos que lo habían mantenido absorto. No perdió ni un segundo. Salió a la noche helada, el motor de su camioneta pickup, un vehículo rudo diseñado para el clima de montaña, rugiendo con una promesa de acción.
El camino fue una batalla de cuarenta minutos contra los elementos. La pickup, con tracción en las cuatro ruedas, se abrió paso a través de la nevada que ya había cubierto las