La oficina de Arthur era un santuario de orden, mármol y un silencio que costaba miles de dólares mantener. Desde su ventana en el piso 40, el mundo parecía una maqueta que él podía manipular a su antojo. Sin embargo, ese silencio se hizo añicos cuando la puerta de roble macizo fue abierta de un golpe, rebotando contra la pared con el estruendo de un cañonazo.
—¡Asesino! ¡Asesino de mierda!
Arthur se puso en pie, su rostro pasando de la sorpresa a una máscara de indignación. Carlos, el hermano