La clínica de La Salle olía a antiséptico y a esa falsa calma que precede a las noticias que cambian la vida. Perla se detuvo frente al espejo del baño del vestíbulo, retocando su labial rojo. Llevaba un vestido de seda que acentuaba su incipiente vientre, una armadura de maternidad diseñada para evocar lástima y deseo a partes iguales. Se dijo a sí misma que hoy sería el día; hoy Joe vería la "realidad" de su hijo y la culpa lo doblegaría.
Joe la esperaba en la sala de espera privada, sentado con la rigidez de un bloque de granito. No había calidez en sus ojos, solo una determinación gélida que hizo que el corazón de Perla diera un vuelco.
—Llegas a tiempo —dijo Joe, levantándose sin ofrecerle un saludo afectuoso.
—Es un día importante para nuestra familia, Joe —respondió ella, forzando una sonrisa dulce—. El bebé está creciendo mucho. Pensé que después del control podríamos ir a almorzar, como antes.
Joe ignoró la invitación. Abrió la puerta del consultorio donde el doctor ya los es