La oficina de Arthur, ubicada en el piso cuarenta del edificio corporativo, era un mausoleo de cristal y acero. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía quirúrgica, manteniendo la temperatura en un punto exacto que no permitía el sudor, pero tampoco el confort. Roberto Briston, el patriarca, permanecía de pie frente al ventanal, observando la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez que empezaba a aburrirle. Su silueta, recortada contra el atardecer anaranjado de la capital, era la viv