La oficina de Arthur, ubicada en el piso cuarenta del edificio corporativo, era un mausoleo de cristal y acero. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía quirúrgica, manteniendo la temperatura en un punto exacto que no permitía el sudor, pero tampoco el confort. Roberto Briston, el patriarca, permanecía de pie frente al ventanal, observando la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez que empezaba a aburrirle. Su silueta, recortada contra el atardecer anaranjado de la capital, era la viva imagen de un poder que se negaba a claudicar ante el tiempo.
Arthur observaba la espalda de su abuelo desde su escritorio. Sabía que Roberto no venía por cortesía. El viejo león olía la debilidad, y los rumores sobre la desaparición de su secretaria, sumados al extraño comportamiento de Arthur en las últimas semanas, habían despertado el instinto depredador del anciano. Arthur necesitaba una jugada maestra; no podía simplemente negar los hechos, debía absorberlos y transformarlos en una narrat