El eco de los pasos de Joe contra el mármol del pasillo principal de la corporación sonaba como una declaración de independencia. La junta directiva había terminado, y con ella, el último de los lazos asfixiantes que lo mantenían atado a la fachada de perfección que los Briston exigían.
—Todo está bajo control, Joe —le había susurrado Estela al salir, con un apretón de manos que era más un pacto de sangre que una formalidad—. La junta está satisfecha. Por ahora, el fuego está contenido.
Joe asintió, pero su mente ya estaba a kilómetros de allí. Se detuvo frente a su abuelo y Arthur. El joven, que minutos antes había intentado humillarlo con cifras y gráficos, mantenía una postura rígida, casi defensiva.
—Buen trabajo, Arthur —dijo Joe, con una calma que resultó más hiriente que cualquier insulto. Le extendió la mano con una indiferencia tan genuina que Arthur tardó un segundo en reaccionar—. Las estadísticas son sólidas. Sigue así.
El desinterés de Joe rompió la tensión de una manera