El aire de Big Fork era distinto al de la ciudad; era un aire que no pesaba, que sabía a pino, a tierra húmeda y a esa libertad que Clara había olvidado que existía. Cuando la camioneta cruzó el arco de madera de Iron River, el silencio del bosque pareció tragarse el ruido del mundo exterior.
Abigail conducía con las manos apretadas al volante. A su lado, Clara observaba el paisaje con una mezcla de fascinación y terror. Era como si, al cruzar esa frontera invisible, estuviera entrando en un santuario donde las leyes de Arthur Briston ya no tenían jurisdicción.
—Ya casi llegamos, Clara —susurró Abigail, lanzándole una mirada cargada de ternura—. Aquí nadie puede tocarte. Aquí eres invisible, y eso, por ahora, es tu mayor escudo.
Clara asintió, aunque sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su abrigo. Se sentía profundamente agradecida, pero el peso de la soledad empezaba a filtrarse en sus huesos. Estaba a salvo, sí, pero estaba lejos de todo lo que conocía, viviendo una v