La oscuridad de la habitación era un manto que, lejos de ocultar sus dudas, las hacía brillar con una intensidad eléctrica. Joe y Abigaíl yacían de espaldas, con los ojos fijos en el techo, donde las sombras de las ramas de los árboles exteriores dibujaban figuras caprichosas. El silencio era total, interrumpido solo por el tictac distante de un reloj de pared y el susurro de la calefacción.
—¿Qué acabamos de hacer, Abi? —preguntó Joe, su voz era apenas un hilo de pensamiento que escapó a sus l