La oscuridad de la habitación era un manto que, lejos de ocultar sus dudas, las hacía brillar con una intensidad eléctrica. Joe y Abigaíl yacían de espaldas, con los ojos fijos en el techo, donde las sombras de las ramas de los árboles exteriores dibujaban figuras caprichosas. El silencio era total, interrumpido solo por el tictac distante de un reloj de pared y el susurro de la calefacción.
—¿Qué acabamos de hacer, Abi? —preguntó Joe, su voz era apenas un hilo de pensamiento que escapó a sus labios.
Él se giró sobre su costado, buscando la silueta de su novia en la penumbra. Ella no respondió de inmediato. Joe sintió una punzada de temor; ¿había sido demasiado? ¿Habían cruzado una línea de la que no había retorno?
—¿Estás bien? —insistió, alargando la mano para rozar el hombro de Abigaíl.
En ese momento, una lágrima solitaria, cargada con el peso de años de anhelos reprimidos, se deslizó por la mejilla de Abigaíl. La gota de cristal rodó por el borde de su cara hasta perderse en el a