La atmósfera en el refugio temporal de Linda era pesada, cargada con el olor a humedad y el rancio aroma del resentimiento. En una esquina de la habitación, una lámpara de pie parpadeaba, proyectando sombras alargadas que parecían cobrar vida propia sobre las paredes descascaradas. Linda, vestida con una elegancia austera que contrastaba con la decadencia del lugar, observaba a Adriana. La mujer estaba sentada frente a un espejo de mano, intentando retocarse un maquillaje que no lograba ocultar