El tiempo se fragmentó en mil pedazos de cristal. En la terraza del rascacielos Briston, a más de doscientos metros sobre el rugido de Manhattan, el aire era un látigo helado que azotaba el rostro de Abigail. Lenus Reed, con la mirada perdida en un abismo de obsesión artística, no solo la estaba empujando; estaba intentando "enmarcarla" en su último acto de locura.
—¡Es el final perfecto, Abigail! —gritó Lenus, con su voz compitiendo contra el viento—. ¡La luz de las oficinas de enfrente está a