El regreso de la gala no fue el cierre triunfal de una noche de éxitos sociales, sino el descenso a un infierno gélido que ninguno de los Briston olvidaría jamás. Al cruzar el umbral de la casona, el silencio no era el de una casa que duerme, sino el de una tumba. Un olor químico, sutil pero persistente, flotaba en el aire, una neblina invisible que parecía devorar el calor del hogar.
Fue Nico quien, con los sentidos entrenados por años de vigilancia extrema, se detuvo en seco apenas la puerta