Firmando El Contrato
El auto negro se detuvo suavemente frente al elegante edificio de oficinas en el corazón de Londres. Alexander Blackwood bajó sin esperar a que James abriera la puerta, ajustando con un gesto casual el dobladillo de su abrigo oscuro. En una mano, sostenía un ramo de flores tan impecablemente arreglado como su presencia: rosas blancas y peonías, elegantes, discretas, pero lo suficientemente llamativas para captar todas las miradas.
Los flashes de los paparazzi estallaron como relámpagos. Algunos gritaban preguntas cargadas de morbo, otros simplemente registraban cada uno de sus movimientos. Alexander no les dedicó ni una mirada. La seguridad del edificio los mantenía a raya, pero él sabía que esas imágenes estarían ya recorriendo el mundo digital.
Con la elegancia natural de quien está acostumbrado a escenarios de alto perfil, cruzó el