Se puso de pie lentamente, con una parsimonia que aterrorizaba. Su imponente altura proyectó una sombra sobre Alisson. Ya no había rastro de la sonrisa pícara ni de la vulnerabilidad de la madrugada. Sus ojos zafiro se habían convertido en dos témpanos de hielo infranqueables.
—Tienes toda la razón, Alisson. Eres solo mi empleada —concedió él, con una voz tan suave y cortante que se sintió como una cuchillada—. Y ya que insistes tanto en conocer mi vida personal, te sacaré de dudas.
Massimilian