El hospital estaba en silencio. Lorenzo Santoro ya no era el magnate que hacía temblar la industria inmobiliaria; era solo un hombre agotado en una cama de oncología. El monitor cardíaco marcaba un ritmo lento, casi resignado.
A su lado, su abogado cerró una carpeta.
—Todo está listo, señor Santoro —avisó en voz baja—. El fideicomiso de Aurora y Alistair es intocable. Ni Alessandra ni nadie podrá quitarles nada. Alisson tiene ahora el control legal de la compañía. Solo falta su firma.
Lorenz