A la mañana siguiente, Danna se levantó mucho antes de que amaneciera. La casa estaba en silencio absoluto. Tom dormía profundamente en la cama, de espaldas a ella, respirando con tranquilidad, como si la noche anterior no hubiera existido.
Danna se incorporó con cuidado. Cada movimiento le dolía. El cuello le ardía y al apoyar los pies en el suelo sintió un leve mareo, pero se sostuvo del borde de la cama hasta recuperar el equilibrio. No lo miró. No quería hacerlo.
Caminó descalza hasta el