Danna entró obedeciendo. Cerró la puerta detrás de sí con cuidado, aunque el sonido seco del pestillo resonó en la oficina más fuerte de lo que habría querido. Caminó hasta el escritorio con pasos inseguros. A pesar del miedo, había algo claro en su mente: necesitaba hablar con él. Ya no podía callar más.
John la miró fijamente, sin decir una sola palabra. Su silencio era pesado, casi intimidante. Danna sintió que la garganta se le cerraba.
—No… no entendí nada de lo que usted estaba hablando —