Los ojos de John parecían más oscuros bajo la luz tenue del baño.
Más intensos.
Más peligrosos.
—¿Sientes eso? —preguntó él, sin tocarla—. Esa tensión que estás tratando de negar. Ese deseo que no deberías tener, pero que está ahí… entre los dos.
Danna abrió la boca para responder, pero John bajó un poco la cabeza, acercándose tanto que la punta de su nariz casi rozó la de ella.
Él no la besó.
No la tocó.
Y eso lo hacía peor.
Mucho peor.
Porque el silencio entre ambos ardió como un secreto prohibido a punto de estallar.
—John… —susurró ella, casi sin aire.
—Dime que no lo sientes —le dijo él, con esa voz baja que vibraba en su pecho—. Dímelo a los ojos, Danna… y me apartaré.
Ella parpadeó, temblando.
Intentó decirlo.
Intentó negar lo que la estaba consumiendo por dentro.
Pero no salió ningún sonido.
Y John lo vio.
Lo entendió.
Y sonrió.
Una sonrisa de victoria silenciosa.
Danna volvió a la mesa primero, intentando recomponer su respiración y alisarse el vestido con las manos tembloros