Tom salió de la casa como una tormenta desatada. Ni siquiera se puso la chaqueta; solo agarró las llaves con una mano temblorosa de rabia y bajó las escaleras casi corriendo. El aire frío de la noche le pegó en la cara cuando abrió la puerta del auto, pero no lo calmó. Se subió, encendió el motor y pisó el acelerador como si quisiera arrancarle el alma al vehículo.
El auto rugió y salió disparado por la calle.
Las luces pasaban rápidas a los lados, borrosas. Tom apretaba el volante con tanta fu