El timbre suave de la puerta automática sonó cuando Danna entró a la joyería. El aire frío del local la envolvió al instante, mezclado con el aroma tenue de madera pulida y perfume caro. La iluminación cálida hacía brillar los collares y anillos dentro de las vitrinas como si cada pieza estuviera viva.
Era su segundo día, pero el nerviosismo todavía le temblaba en el pecho.
—¡Danna! —exclamó una voz alegre.
Sofía, una chica de unos veintisiete años, cabello oscuro recogido en una coleta elegante y labios pintados con un rojo perfecto, se acercó con una sonrisa confiada. Llevaba puesto el uniforme negro con detalles dorados que estilizan a todas las vendedoras, y se notaba que disfrutaba ser la más experimentada.
—Hoy vamos a ponerte en práctica real —dijo, entregándole una tablet pequeña—. No te preocupes, yo estaré a tu lado, ¿sí? Para el sistema de inventario y los pagos sólo tienes que tocar aquí, aquí y aquí. —Señaló con rapidez, pero sin perder la paciencia—. Ya verás que es fáci