El camino de regreso fue un infierno silencioso.
Tom conducía con el ceño fruncido, una vena pulsando en su cuello y los nudillos blancos del agarre que tenía en el volante. Cada semáforo parecía tensar la atmósfera, cada giro hacía que la respiración de Danna se volviera más corta. Sabía reconocer ese tipo de tensión…
el tipo que anunciaba una tormenta.
Nadie hablaría primero.
Cualquier palabra mal dicha podía ser dinamita.
Cuando llegaron a casa y Tom cerró la puerta con fuerza, Danna sintió