La mañana llegó con un silencio espeso, uno que parecía arrastrar consigo las últimas palabras de la noche anterior. La casa estaba fría, quieta, y una luz suave entraba por las cortinas entreabiertas, tiñendo el dormitorio con un tono gris cálido que hacía parecer que el día aún no había empezado del todo.
Danna dormía profundamente, agotada por las lágrimas y el desgaste emocional. Su cabello estaba desordenado sobre la almohada, y sus pestañas se pegaban aún por los rastros de llanto seco.
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