Ari comenzó a tener un ataque de pánico luego del besos.
—Respira conmigo —susurró, su voz firme, profunda, pero llena de ternura—. Uno… dos… conmigo, Ari. Tú puedes.
Su aliento chocó con el de ella, cálido, real, presente. No era Nicolai. No eran cadenas. No era oscuridad.
—Estás a salvo —repitió él, cerrando los ojos mientras mantenía su frente contra la de ella—. Yo te juro que no voy a dejar que nadie más te haga daño.
Poco a poco, la respiración de Ari comenzó a acompasarse con la de Rafae